04/12/2025
El sublime arte de negar un salvoconducto
Otorgar un salvoconducto a una dama asustada puede ser, al parecer, un acto de riesgo equivalente a manipular explosivos sin guantes. Especialmente cuando esa dama, como tantos otros burócratas de confianza del gobierno de turno, decidió un inolvidable —o más bien maldito— 7 de diciembre seguir la corriente del oficialismo, ese río turbio donde todos reman aunque no sepan nadar.
El canciller, en su tono más solemne, ha recordado que “antes de otorgar este beneficio debe evaluarse la información ‘objetiva’ proporcionada por el Estado territorial”. Una maravilla de frase. Ahora imaginemos que el país de los Charros hubiera aplicado esa recomendación a rajatabla antes de concederle asilo a Betsy Chávez. No se necesita ser un gran fabulador para prever la respuesta peruana: una mezcla entre pudor diplomático, negación creativa y quizás algún documento extraviado con sospechosa oportunidad.
Atrevámonos, pues, a interpretar la negativa de otorgar el salvoconducto: más que una decisión estratégica, parece un espectáculo pirotécnico para las cámaras. Porque, seamos serios, ni en la imaginación más febril de un guionista de ciencia ficción puede concebirse que los asilados en México regresen al Perú montados en un ejército azteca improvisado para derrocar al entusiasta José Jerí.
Lo más probable es que, en México, los asilados vivan en una cárcel dorada: cómoda, sí, pero tan lejana de su patria que solo queda rezar a La Providencia para que el péndulo ideológico en el país natal decida moverse hacia otro lado. Mientras tanto, no representan peligro alguno, salvo quizá para el ego inflamable de quienes ansían verlos crucificados.
¿Y acaso no hemos visto esta película antes? Recordemos a Alberto Fujimori, quien en Japón vivió su propio exilio VIP, pero no soportó la prisión del destierro. Y ya sabemos cómo terminó: regresando al Perú, donde sus opositores lo esperaban con uñas y dientes meticulosamente afilados.
En conclusión, negar un salvoconducto es un acto profundamente simbólico: no cambia nada en el tablero político, pero entretiene al público. Y en tiempos en que el espectáculo vale más que la estrategia, eso, al parecer, es más que suficiente.