01/09/2026
Mi abuela dejó a mi primo Bruno 100.000 dólares.
A mí solo me dejó a su perro viejo.
Al menos, eso fue lo que todos creyeron.
Tengo 27 años. Mi abuela Elena murió el mes pasado, y la casa se ha sentido extrañamente vacía desde entonces. Era ese tipo de mujer cuya cocina siempre olía a canela y manzanas, cuya risa se escuchaba por toda la calle y cuya sombra nunca se separaba del viejo golden retriever que se acurrucaba fielmente a sus pies.
Toby.
Ese perro llevaba con ella más tiempo que la mayoría de las personas. Con el hocico ya blanco, lento para ponerse de pie, pero con los ojos todavía cálidos y atentos. Solía bromear diciendo que Toby era su “último compañero sensato”.
Ella prácticamente me crio. Pasé más noches en su habitación de invitados que en mi propio cuarto cuando crecía. Me enseñó a hornear, a escuchar, a notar cuando alguien necesitaba ayuda incluso cuando no la pedía.
¿Mi primo Bruno?
Solo aparecía cuando había dinero de por medio.
Zapatillas de diseñador. Dispositivos nuevos. Malas inversiones. Quemaba el dinero como si fuera papel. Aun así, mi abuela seguía dándole. Más de una vez decía:
—Si yo no me rindo con él, tal vez algún día deje de rendirse consigo mismo.
El día de la lectura del testamento, Bruno llegó tarde, con gafas de sol puestas y una sonrisa arrogante, como si ya supiera el final.
—No te pongas sentimental —murmuró mientras se dejaba caer en la silla—. A los viejos les encanta repartir chatarra.
No le respondí.
El abogado, el señor Delgado, se acomodó las gafas y empezó a leer.
El nombre de Bruno salió primero.
Cien mil dólares.
La porcelana fina.
Todas las joyas.
Las ganancias de la venta de la casa.
Bruno se recostó en la silla, sonriendo, con los brazos cruzados.
—Supongo que la bondad no paga —dijo en voz alta—. La abuela sabía quién importaba.
Sentí el pecho apretarse, pero me quedé en silencio.
Luego el señor Delgado se giró hacia mí.
—A mi nieta —leyó lentamente— le dejo a Toby.
Nada más.
La sala estalló en carcajadas.
—¿Estás bromeando? —dijo Bruno entre risas—. ¿Te dejó el perro? ¿Eso es todo? —se secó las lágrimas de tanto reír—. Años siendo la niña buena y te toca un chucho.
Me arrodillé y rodeé el cuello de Toby con mis brazos. Su cola golpeó una vez, suavemente.
—Está bien —susurré—. Yo estoy contigo.
Entonces el señor Delgado se aclaró la garganta con fuerza.
—Hay una última instrucción —dijo.
Las risas murieron al instante.
Me miró directamente.
—Por favor, gire la placa del collar de Toby.
Me temblaban las manos cuando la tomé. El metal estaba tibio por el pelaje de Toby. La volteé.
La habitación quedó en silencio.
Alguien contuvo el aliento.
Grabado en la parte de atrás no había un nombre…
sino el número de una caja de seguridad, el nombre de un banco y cuatro palabras:
“Lee la carta primero.”
Bruno se lanzó hacia adelante, el rostro pálido.
—No… —susurró—. Ella no…
Su seguridad se desmoronó en segundos.
Porque mi abuela no me había dejado “nada”.
Solo había confiado en mí lo suficiente como para que mirara más de cerca... La historia continuará en el primer comentario 👇👇