23/01/2025
# Última Canción, Pantalla en Blanco
Daniel Rivas miraba la pantalla de su computadora como si fuera un enemigo. Sus dedos, curtidos por décadas de tocar guitarra, se movían torpemente sobre el teclado. Intentaba por enésima vez crear un perfil en Spotify, esa plataforma que prometía ser la salvación de los músicos modernos.
Cuarenta y cinco años habían pasado desde que formó su primera banda de rock en los ochenta. En aquella época, el éxito se medía por los conciertos, los discos de vinilo y las críticas en revistas especializadas. Ahora, todo parecía reducirse a likes, seguidores y algoritmos.
Su última banda, "Espíritus Rebeldes", había sido una leyenda local en los noventa. Teloneros de bandas internacionales, con tres discos grabados y una base de fans incondicional. Pero el mundo del rock había cambiado, y Daniel no estaba dispuesto a cambiar con él.
Mientras luchaba con la interfaz digital, recordaba sus mejores años. Los escenarios repletos, el sudor mezclándose con la adrenalina, los fans coreando cada canción. Ahora, esos mismos fans habían sido reemplazados por jóvenes con audífonos que miraban más sus pantallas que los escenarios.
Su pareja, Violeta, veinte años menor que él le había insistido en que debía adaptarse. "Amor, o entras en las plataformas digitales o te vas a quedar completamente fuera del mapa musical", le decía constantemente. Pero para Daniel, cada clic era una traición a la esencia del rock and roll.
Los streamings lo confundían. Las redes sociales lo deprimían. Los conciertos virtuales le parecían una aberración. ¿Cómo podías sentir la energía de un show a través de una pantalla? ¿Dónde estaba la magia del contacto directo con el público?
Su última guitarra, una Telecaster, compañera de miles de noches, ahora descansaba en un rincón del estudio. Había sido testigo de una carrera musical que parecía desvanecerse como un eco lejano. Los premios y reconocimientos cubrían las paredes, documentos de una época que ya no existía.
Una tarde, después de horas de frustración digital, Daniel decidió grabar un último video con su vieja cámara analógica. Sin efectos, sin edición, solo él, su guitarra y la verdad de su música. Lo subió a YouTube con la ayuda reluctante de su mujer, sin muchas esperanzas.
Para su sorpresa, el video comenzó a circular. No por algoritmos o campañas de marketing, sino por algo más puro: el reconocimiento de una generación que añoraba la autenticidad. Músicos jóvenes comenzaron a compartirlo, fascinados por la genuina pasión que Daniel transmitía.
Pero el éxito digital era efímero. Un destello en la inmensidad de internet. Daniel seguía sintiéndose un extraño en este mundo de pantallas táctiles y reproducciones instantáneas. Su música seguía siendo un grito analógico en un mundo cada vez más digital.
La última noche, antes de guardar definitivamente su guitarra, Daniel compuso una canción. No para subirla a ninguna plataforma, no para ganar seguidores, sino simplemente para recordarse a sí mismo que la música verdadera nunca muere, aunque el mundo cambie.
Violeta lo encontró dormido junto a la guitarra, con la última nota flotando en el aire, un testimonio de que el rock and roll es más que tecnología: es un sentimiento que trasciende cualquier pantalla.