21/08/2026
Jesús vs. religión: una falsa dicotomía. 🔥
La frase “Jesús no es religión” o su variante Jesús vino a acabar con la religión, puede funcionar como una crítica pastoral, pero como afirmación histórica y teológica es demasiado simplista. Incluso puede convertirse en una falsa dicotomía: Jesús vs. religión.
Jesús no fue una persona no religiosa. Fue un judío del siglo I profundamente inserto en la vida religiosa de Israel: participó de las Escrituras, enseñó en sinagogas, acudió al Templo, celebró fiestas judías, discutió la Torá y utilizó categorías religiosas como Reino de Dios, oración, perdón, pureza, justicia y juicio.
El problema es que solemos utilizar dos significados diferentes de religión.
Si por religión entendemos una institución que controla conciencias, ritualismo vacío, legalismo, búsqueda de poder o cumplimiento externo sin misericordia, entonces sí podemos decir que Jesús confrontó ciertas expresiones religiosas. Mateo 23 es probablemente el ejemplo más contundente. También lo vemos cuando afirma: “Misericordia quiero y no sacrificio” (Mt 9:13; 12:7). Pero si religión significa un sistema comunitario de creencias, prácticas, símbolos, textos, ritos y formas de relacionarse con lo divino, entonces resulta difícil sostener que Jesús estuviera contra la religión.
Jesús reordena la experiencia religiosa alrededor del Reino de Dios, la misericordia y el amor.
Aquí aparece el problema lógico de la frase: Jesús no es religión, es relación. Presenta religión y relación como si fueran categorías necesariamente incompatibles. No lo son. Una religión puede contener relaciones profundas con Dios y con el prójimo, así como puede degenerar en prácticas vacías. Además hay una paradoja interesante: el propio cristianismo inevitablemente genera religión. En cuanto una comunidad bautiza, celebra la Cena del Señor, ora conjuntamente, interpreta textos sagrados, establece ministerios, transmite enseñanzas y desarrolla prácticas comunitarias, ya tenemos elementos característicos de una tradición religiosa. Por eso, probablemente sea más preciso decir: Jesús no vino a eliminar la religión; vino a confrontar una religiosidad que había perdido de vista al ser humano y la voluntad de Dios. El problema para Jesús no es necesariamente la institución religiosa, sino cuando la institución deja de servir a la vida y la vida termina sometida a la institución.
El Evangelio puede habitar una religión y al mismo tiempo juzgarla. Esa tensión me parece mucho más interesante que simplemente afirmar que “Jesús no es religión”.
Y hay una consecuencia todavía más incómoda para la Iglesia contemporánea: podemos criticar a los fariseos por religiosos mientras construimos nuestros propios sistemas religiosos incuestionables. Podemos cambiar templo por auditorio, liturgia por programa, vestiduras por luces, himnario por música contemporánea, tradición por “visión”; eso no significa que hayamos dejado de producir religión. La pregunta verdaderamente jesuánica, entonces, quizá no sea “¿religión o relación?”, sino: ¿Nuestra manera de vivir la religión conduce hacia el amor a Dios y al prójimo, la misericordia, la justicia y la vida, o termina convirtiéndose en un fin en sí misma?
Ahí la crítica de Jesús conserva toda su fuerza.