15/01/2025
"Tinta y Cenizas"
Autor: Eduardo Llanos
Voz: Leo Carreón
“Tinta y Cenizas"
I. El nacimiento y su sombra
Cuando el roce carnal de dos insensatos
trae a la vida el cuerpo escuálido de un infante,
las bestias, agazapadas, ya rondan su cuna.
Su llanto no es un grito de vida,
sino el eco de cadenas que su alma arrastrará.
Sombras le esperan, ansiosas,
pues crisma, sal y agua no bastaron
para limpiar la mancha de su destino.
Bajo nubes danzantes y vacías,
sus ojos contemplan un mundo carente de esencia.
II. El despertar a la escritura
Cuando su lengua madura, palabras le nacen,
no como miel que endulza,
sino como espinas que desgarran la carne.
La verdad, cual espada, le hiere los labios;
sus ojos, abiertos, contemplan el páramo
de máscaras huecas y virtudes marchitas.
Los hombres, esclavos de sus falsas liturgias,
devoran cenizas creyendo hallar oro.
Sus rostros sonríen, pero sus almas gimen,
y el escritor, herido por la visión,
se entrega a la pluma como a un cáliz amargo,
pues solo el verbo puede liberar su dolor.
III. La inspiración, un ángel devorador
La inspiración desciende como fuego celeste,
pero no alivia, no purifica:
es un ángel que devora las entrañas,
su vuelo corta las fibras del alma,
y su canto, dulce al oído,
es un himno de condena que enloquece.
Reptante, como serpiente entre sombras,
escala la espina del escritor,
arrastra su descanso hacia abismos oscuros,
y siembra espinas en sus sueños.
Cada palabra es una herida abierta,
cada verso, una gota de sangre
que la musa exige para su banquete eterno.
Se oculta tras velos de gloria fugaz,
promete un néctar de inmortalidad,
pero deja al escritor vacío,
su pecho un erial de cenizas ardientes.
Su clamor no es alivio, sino ansia insaciable,
un ma****lo que golpea su mente sin cesar,
un eco que resuena incluso en su oración.
Los ojos del ángel no miran con piedad,
sino con hambre voraz.
Sus alas, plumas negras de fuego,
envuelven al escritor,
le arrancan el aliento,
y le dejan desnudo ante su propia locura.
IV. El rechazo del mundo
“¿Qué mal demonio ha tocado tu frente?”,
pregunta el padre, con voz de trueno,
mientras sus manos, endurecidas por el yugo,
apuntan al cielo rogando clemencia:
“¡Oh, Señor, aparta este cáliz de mi casa!
Devuélveme al hijo que no sueña,
que pisa la tierra y no las nubes sombrías.”
Pero el escritor, atrapado en su delirio,
no encuentra consuelo en palabras terrenales.
Cada sermón es un latigazo,
cada consejo, una espina en su costado.
El pan de la conformidad no alimenta su hambre;
él busca maná en un desierto de ideas
y encuentra en su soledad
el eco amargo de su propia voz.
La sociedad le arroja su mueca burlona:
“¿Para qué las palabras, si el oro nos sostiene?
¿Para qué el arte, si el placer nos gobierna?”
Y él, encadenado a su pluma,
mira al horizonte con ojos febriles,
esperando la redención que nunca llega.
Su familia, un templo de lamentos,
le aparta como a un leproso:
“Mejor un hijo ciego que un escritor.”
Pero él, con su carga de versos,
avanza tambaleante hacia el abismo,
convencido de que su maldición
es su única salvación.
V. La condena y la búsqueda de legado
En las noches, cuando el mundo calla,
su pluma rasga el silencio
como un cuchillo hundiéndose en carne viva.
Cada palabra es un grito hacia lo eterno,
un intento de arrancar luz de las tinieblas.
Pero el eco es sordo, las paredes no responden;
sus versos caen al vacío
como cenizas dispersas por el viento.
Las masas caminan, indiferentes,
alimentándose de sombras y falsos profetas.
Bajo rancios senos se nutren de podredumbre,
carne corrupta y mentiras doradas
que sacian sus instintos pero no su espíritu.
Ellos no escuchan, no ven,
pues sus almas se han marchitado
en el fértil suelo de su ignorancia.
El escritor, consumido,
mira su reflejo en el tintero vacío:
su rostro es un crisol de tristeza y furia,
su cuerpo un templo derruido
por la pasión que lo devoró.
Sin embargo, en su agonía,
su única plegaria es que una sola alma,
aunque sea una, despierte
y herede el fuego que lo consumió.
En un último suspiro,
alza sus ojos al cielo negro
y escribe su verso final:
“Que mi tormento sea semilla,
que mi sangre sea tinta
y mi sacrificio, un eco eterno.”