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11/10/2024
Julián Morales, un hombre de 45 años, vivía con su madre, Marta, de 78 años, en una pequeña casa a las afueras de la ciudad. La relación entre ellos había ido deteriorándose con el tiempo, especialmente desde que Julián perdió su trabajo y se sintió atrapado en la vida que llevaba.
El resentimiento que guardaba hacia la vida terminó dirigiéndose a su madre, quien siempre había sido su pilar, pero que ahora, con la edad y los achaques, dependía de él para todo.
Marta siempre había sido una mujer fuerte y trabajadora, pero los años no perdonaban. Con sus manos temblorosas y su andar lento, ya no podía valerse por sí misma como antes. A menudo, le pedía a Julián ayuda para cosas tan sencillas como prepararse algo de comer, y cada vez que lo hacía, el enojo de Julián crecía un poco más.
Una noche, Marta se acercó a su hijo, con pasos lentos y la mirada cansada.
—Julián, ¿podrías prepararme algo de cenar? No he comido nada en todo el día.
Julián, sentado en el sofá, viendo la televisión, apenas levantó la vista hacia su madre.
—Otra vez con lo mismo, mamá. Ya te dije que te prepares tú misma. No soy tu sirviente —respondió con frialdad.
Marta, visiblemente afectada por la respuesta, bajó la cabeza y volvió a su habitación. El hambre la atormentaba, pero no tenía fuerzas para insistirle a su hijo. Se sentó en la cama, su mirada fija en la ventana, mientras el silencio envolvía la casa.
Pasaron las horas, y Julián se quedó dormido en el sofá, sin preocuparse por la necesidad de su madre. Sin embargo, algo lo despertó en la madrugada. Era una sensación inquietante, como si algo estuviera mal. Se levantó, y sin saber por qué, decidió ir al cuarto de su madre.
Al abrir la puerta, la oscuridad del cuarto lo envolvió, pero lo que más lo inquietó fue la ausencia de su madre. La cama estaba vacía, y Marta no estaba en ninguna parte.
—¿Mamá? —preguntó, alzando la voz, pero no hubo respuesta.
Encendió la luz y recorrió la habitación con la mirada. La ventana estaba entreabierta, y el viento helado de la madrugada entraba, moviendo suavemente las cortinas. Julián sintió un escalofrío recorrer su espalda. Se acercó a la ventana y miró hacia afuera, pero no vio a nadie.
Comenzó a buscarla por toda la casa, llamándola una y otra vez, pero el eco de su propia voz era lo único que lo acompañaba. Desesperado, salió al patio, mirando alrededor, pensando que tal vez Marta había salido sin que él lo notara, pero no había rastro de ella.
El pánico empezó a apoderarse de él. Volvió al interior, recorriendo cada rincón, cada habitación, pero su madre no estaba en ninguna parte. Era como si se hubiera desvanecido.
Las horas pasaron, y el amanecer llegó. Julián no había pegado ojo, preguntándose dónde podría estar su madre. El remordimiento comenzó a crecer dentro de él, recordando la forma en que la había tratado. Se había negado a darle un plato de comida, y ahora ella había desaparecido. Un pensamiento inquietante le atravesó la mente: ¿y si algo terrible le había pasado?
Salió a la calle y comenzó a preguntar a los vecinos si la habían visto, pero nadie tenía idea de dónde podría estar. Con cada respuesta negativa, su desesperación crecía más y más.
Finalmente, decidió regresar a casa, agotado y derrotado. Al entrar, encontró una carta sobre la mesa del comedor. Su corazón latió con fuerza al reconocer la letra de su madre.
"Querido Julián:
He vivido toda mi vida para ti, con la esperanza de que algún día verías lo que realmente significaba estar a tu lado. No te pido que me entiendas ni que me perdones, solo que recuerdes que el amor de una madre no tiene límites, pero también tiene un final.
Me voy, no para castigarte, sino para darte la oportunidad de reflexionar. Mi ausencia será mi última enseñanza para ti.
Con amor, tu madre, Marta."
Julián dejó caer la carta, sintiendo un vacío inmenso en su interior. Se desplomó en la silla, con lágrimas corriendo por sus mejillas. Su madre se había ido, no sabía cómo ni dónde, pero lo que más lo aterraba era la posibilidad de que nunca la volvería a ver.
En ese momento, comprendió lo que había perdido. El plato de comida que le negó no era solo una necesidad física, sino una muestra de compasión y amor que había fallado en dar. Ahora, su madre se había marchado, llevándose con ella una parte de su vida que jamás podría recuperar.
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