29/09/2025
Kim Namjoon nunca encajó en el molde. Era demasiado alto, demasiado torpe, demasiado callado. Un adolescente que prefería esconderse en bibliotecas, escribir versos en papeles usados, escuchar cómo las palabras podían convertirse en refugio.
Runch Randa fue su primer disfraz: un rapero underground con rabia, ingenio y un lenguaje propio. Ahí empezó a pulir un talento que no cabía en las aulas.
Cuando Bang Si-hyuk lo encontró, supo que había descubierto no solo un rapero, sino un cerebro y un corazón.
Decidió armar un grupo en torno a él, y Namjoon, apenas con 19 años, aceptó la misión imposible: ser líder de una banda que aún no existía. BTS nació con él como traductor cultural, portavoz y escudo emocional. Mientras otros aprendían a cantar y bailar, él aprendía a soportar la presión de representar a todos.
Lo criticaron por su aspecto, por su inglés aprendido con series de televisión, por atreverse a pensar demasiado.
Pero su resistencia no estuvo en negar esas heridas, sino en mostrarlas. En cada entrevista, en cada error, en cada frase sincera, enseñó que un líder también duda, también tropieza, también necesita un respiro.
Sus discursos en la ONU lo transformaron en un referente global. Habló de salud mental, de identidad, de amarse a uno mismo sin importar la mirada externa.
Sus letras dejaron de ser solo rima: se volvieron espejo de una generación que buscaba respuestas. Y cuando entregó Indigo, su primer álbum en solitario, abrió las puertas a su lado más íntimo: el Namjoon que ama los museos, la lluvia, el silencio de la naturaleza.
Hoy, RM no es solo rapero ni solo idol. Es un pensador contemporáneo, un joven que transformó sus dudas en brújula. No necesitó escándalos para ser escuchado: bastó con su voz, esa voz grave y honesta que sigue recordándonos que incluso en la fragilidad se encuentra la verdadera fortaleza.