03/01/2026
| 𝗖𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗹𝗮 𝗵𝗶𝘀𝘁𝗼𝗿𝗶𝗮 𝗮𝗺𝗲𝗻𝗮𝘇𝗮 𝗰𝗼𝗻 𝗿𝗲𝗽𝗲𝘁𝗶𝗿𝘀𝗲
🔴 | En América Latina, las fechas no siempre son inocentes. Algunas cargan un peso simbólico que, con los años, se transforma en advertencia. El 3 de enero es una de ellas. En 1990, ese día marcó el final del régimen de Manuel Antonio Noriega en Panamá, capturado tras una intervención militar que aún divide opiniones. Treinta y seis años después, la captura de Nicolás Maduro, ocurrida también un 3 de enero, sacude nuevamente a la región y reactiva una memoria que muchos creían enterrada.
🔴 | Las horas posteriores a este hecho han estado marcadas por incidentes de alto impacto. En Caracas y otras ciudades venezolanas se registraron protestas, enfrentamientos aislados, cierre de vías y un despliegue militar reforzado. Edificios públicos fueron resguardados de emergencia, mientras el oficialismo denunció una agresión externa y sectores opositores llamaron a la calma y a una transición sin violencia. El país entró en un estado de tensión generalizada, con servicios afectados y una ciudadanía sumida en la incertidumbre.
🔴 | En el ámbito internacional, las reacciones fueron inmediatas y polarizadas. Algunos gobiernos calificaron la captura como el final de un régimen autoritario; otros la condenaron como una grave vulneración de la soberanía. Las cancillerías activaron canales de urgencia, los mercados reaccionaron con volatilidad y los organismos multilaterales volvieron a mostrar su incapacidad para anticiparse a crisis que se gestan durante años y estallan en cuestión de horas.
🔴 | Pero este episodio no puede analizarse al margen del terrible legado del régimen de Nicolás Maduro. Durante más de una década, Venezuela fue sometida a un modelo político que destruyó su economía, debilitó sus instituciones y cerró los espacios democráticos. El resultado es una de las mayores diásporas del planeta: millones de venezolanos obligados a abandonar su país, dispersos por América Latina, Estados Unidos y Europa, empujados no por elección, sino por hambre, persecución, falta de oportunidades y miedo.
🔴 | Familias fracturadas, profesionales convertidos en migrantes forzados, niños creciendo lejos de su tierra y países vecinos desbordados por una crisis humanitaria sin precedentes. Esa es la verdadera dimensión del régimen que hoy llega a su punto más crítico. No se trata solo de la caída de un líder, sino del colapso de un sistema que expulsó a su propio pueblo.
🔴 | El paralelo con Manuel Noriega surge de manera inevitable. No porque los contextos sean idénticos —no lo son—, sino porque el libreto se repite: aislamiento internacional, acusaciones penales, cerco diplomático y una salida que deja de ser política para convertirse en un acto de fuerza. Panamá aprendió, a un alto costo humano e institucional, que la caída de un hombre fuerte no garantiza estabilidad ni reconciliación.
🔴 | Más allá de simpatías o rechazos, lo que hoy está en juego es un principio mayor: la normalización de la fuerza como atajo político. Cuando el derecho internacional se vuelve flexible según quién lo invoque, el precedente deja de ser excepcional y se transforma en una amenaza latente para cualquier nación vulnerable.
🔴 | La coincidencia de fechas funciona como un espejo incómodo. La historia no desaparece: espera. Y cuando no se la enfrenta con memoria crítica, regresa envuelta en sirenas, comunicados de emergencia y países enteros en vilo.
🔴 | Si este 3 de enero vuelve a marcar un quiebre para América Latina, no será por destino ni casualidad, sino por la incapacidad colectiva de aprender del pasado. Y entonces, más que una repetición histórica, estaremos ante una derrota de la razón política, escrita otra vez con el mismo calendario y las mismas heridas abiertas.