Isaac Guzmán

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Isaac Guzmán Periodista desde los 20 años. Pasión por la comunicación. Aprendiz de abogado en la UdeG.

Rendimos homenaje a la comunicación, la información, la sabiduría, la escritura, la música, el tiempo.

¿Quién elige el CGU?Soy estudiante de Derecho en la UdeG, sistema semi escolarizado. Hace tres años que intento votar pa...
12/09/2025

¿Quién elige el CGU?
Soy estudiante de Derecho en la UdeG, sistema semi escolarizado. Hace tres años que intento votar para el Consejo General Universitario. Cada año la app me dice que no estoy habilitado. Mi democracia depende de un botón deshabilitado.
Ayer, en los pasillos donde tomo clase, se dieron en la madre. Y entendí lo obvio que nos vienen escondiendo con humo y bocinas: no quieren que miremos la elección que sí importa.
Nota al pie, sin anestesia:
¿Qué es el Consejo General Universitario (CGU)?
Es el máximo órgano colegiado de la UdeG. Ahí se aprueban reglamentos, presupuesto, planes académicos, creación/cierre de centros y carreras; ahí se nombra o ratifica a autoridades universitarias y se fija el rumbo institucional. Lo integran directivos, profes y representantes estudiantiles. LA UdeG se decide ahí.
Mientras el CGU se cocina en silencio, nos distraen con la renovación de “comités” estudiantiles: fiestas, borracheras, camisetas, likes. A eso sí nos habilitan. Con eso sí hay “participación”.
Pero para elegir al CGU, la app del voto real niega el acceso. Qué coincidencia más pedestre.
Los estudiantes inconformes piden suspender el proceso hasta garantizar el sufragio estudiantil. La respuesta fue violencia. Alguien la opera. La violencia es útil: convierte el reclamo en espectáculo, nos cambia la conversación de “derechos” a “pleito”, y le regala a la autoridad la frase de siempre: “condenamos los hechos”.
No nos perdamos.
El problema no es con el compañero que empuja; es con quien lo envía a empujar para que no miremos la urna cerrada.
Hoy por lo pronto, las clases serán virtuales. Ellos dicen, para “garantizar la seguridad”, pero lo hacen para sofocar la atención al movimiento de estudiantes inconformes.
Exijamos sanciones a los violentos y castigo a quienes los envían. Y sigamos con lo central: voto real, reglas claras, poder compartido. Quien se beneficia del caos quiere que nos cansemos. No les regalemos el cansancio.
No quiero una UdeG “gobernable”; la quiero vivible y nuestra. Democrática en serio, no simulada por décadas. Y si la app insiste en negarnos, que quede escrito: mi voto no cabe en su botón.

No quiero una UdeG “gobernable”; la quiero vivible y nuestra. Democrática en serio, no simulada por décadas. Y si la app insiste en negarnos, que quede escrito: mi voto no cabe en su botón.

Mi primera rilaMi primera bici fue un regalo de mis papás. No llevaba moño caro ni hashtag de campaña: solo la promesa d...
10/09/2025

Mi primera rila
Mi primera bici fue un regalo de mis papás. No llevaba moño caro ni hashtag de campaña: solo la promesa de salir a la calle. Eran los ochenta, cuando México todavía se sentía habitable, Jalisco no estaba en manos de la delincuencia organizada y Guadalajara era amable de verdad, no de anuncio de facebook pagado.
Fuimos dos afortunados: un par de Vikingo Mercurio, gemelas listas para partir el barrio en dos. Ese modelo le plantaba cara a la legendaria Vagabundo de Windsor; ambas miraban de reojo a la inglesa Raleigh Chopper y soñaban con ser libertad con llantas. Una para mi Carnal, otra para mí. Dos caballitos con corazón de acero.
Empezamos por lo mínimo: dar la vuelta a la manzana como si fuera circunnavegar el mundo. El pavimento nos enseñó sus grietas, los perros sus rutas, los vecinos gruñones su impaciencia. Luego estiramos el mapa: al parque, a unas cuadras, donde el reloj era el sol en las bancas calientes. Con nosotros iba Nana Luz, guardiana del tiempo y cómplice de caídas.
La Vikingo envejeció con nosotros. Se llenó de óxido, como la avalancha, el carro de bomberos y el cartón de juguetes que un día dejó de latir. No fue abandono cruel: fue el crecimiento haciéndose el fuerte. Mi Carnal y yo nos bajamos de las Vikingo, pero no de la bicicleta.
Llegó la mudanza de la infancia a la velocidad de unas BMX. Unas Dyno y GT armadas por nosotros para hacer FreeStyle tomaron la cancha. La culpa fue de mi primo Jaime, que una Navidad apareció con la suya y un catálogo de trucos en la mochila. Nos enseñó a volar en seco: bunny hop torpe, giro de manubrio, equilibrio en una línea. La calle fue escuela y testigo.
Las bicicletas siempre fueron sinónimo de libertad. Entonces significaban permiso para salir solos; hoy, en una ciudad atrapada en el caos vehicular, significan recuperar el aire que nos robaron los claxonazos.
Cada vez que pedaleo recuerdo lo que aprendí primero: que el mundo se abre a la velocidad de tu propio esfuerzo, que el miedo se negocia a puntadas de valor y que pocas cosas se parecen tanto a la felicidad como volver a casa con las piernas ardiendo y el corazón en calma.
Si cierro los ojos, escucho aún la cadena cantando, siento la mano de NanaLuz en el hombro, veo a mi Carnal retarme en la esquina. Y entiendo por qué duele y consuela a la vez: esa primera bicicleta no solo me enseñó a andar; me enseñó a irme y a volver.

Eran los ochenta, cuando México todavía se sentía habitable, Jalisco no estaba en manos de la delincuencia organizada y Guadalajara era amable de verdad, no de anuncio de facebook pagado

09/09/2025

Gatos de barrio

Adicción al miedo y al cansancioOctubre de 1993. Primer trabajo, primera credencial, primera jornada en la sala de prens...
08/09/2025

Adicción al miedo y al cansancio

Octubre de 1993. Primer trabajo, primera credencial, primera jornada en la sala de prensa de la Policía de Guadalajara: Olympias blancas alineadas, tres cabinas para radio, un fax que definía si existíamos en la redacción. De nueve a cuatro, base ahí; luego Procuraduría, Judicial, Semefo a unas cuadras. Cables en presente, grabadoras de casete, claves aprendidas de memoria. Todo lo que la escuela prometía, pero sin el manual.
Enero de 1994. Tres meses después ya estaba hasta la madre. No por un caso “histórico”, sino por la suma: violencia diaria, cuerpos, familias quebradas, el olor que se pega y no suelta. Cubrir la fuente policiaca en una ciudad controlada por la delincuencia organizada no tenía nada de épico: era la cara más culera de la sociedad, en serie. Nada de lo que había estudiado me sirvió para el cuerpo: ni para el sueño cortado ni para la mano temblorosa frente a la máquina.
Pensé en renunciar. Guardar la libreta, entregar el gafete, ahorrar cordura. No lo hice por una razón simple y poco romántica: era mi primer trabajo, mi primera chamba. Y “tres meses no son experiencia”, dicen quienes nunca han sido reporteros policiacos ni un día. Me tragué la salida, me dije “solo tres meses más” y volví a sentarme frente a la Olympia. Tecla, cinta, papel, campanilla, palanca. Fax. Otra vez.
El burnout no tronó de golpe; se instaló. Pero al mismo tiempo apareció otra cosa que me dio vergüenza admitir y que ahora digo sin adornos: empecé a tomarle sabor a la adrenalina. Poco a poco, el miedo y el cansancio al extremo se fueron convirtiendo en combustible. La espera en la sala de prensa ya no era tortura, era preparación. Dejé de mirar los operativos desde la orilla y terminé arriba de patrullas y ambulancias, pegado a la calle, con el oído en las claves y la vista en la libreta. No por valentía: por inercia, por método… y, sí, por adicción a ese vértigo.
Enero me enseñó un par de reglas que no estaban en ningún compendio:
• La sangre fría no es heroísmo, es herramienta. Se activa para no fallar el dato y se apaga para seguir siendo persona.
• El lenguaje importa. “Tragedia” no explica nada; un nombre bien escrito, una edad exacta, una dirección correcta, sí.
• La escuela te da formas; la calle te da criterio. En esta fuente, sin criterio te tragas el cuento; sin forma, traicionas a quien sufre.
Quise salir, me quedé. En esos tres meses entendí cómo funciona una ciudad herida y quién pretende administrarla a fuerza de miedo. Y entendí, también, que esa adrenalina se vuelve adicción si no la nombras a tiempo.
De querer renunciar pasé a subirme a la unidad que tocara. De mirar desde la banqueta pasé a escribir con la sirena en la espalda. No lo cuento como medalla; lo dejo aquí como bitácora del punto de quiebre: octubre de 1993, inicio; enero de 1994, hartazgo y permanencia; después, el hábito del filo.
La adicción al miedo y a la adrenalina terminó hecha monstruo: voraz, cotidiano, y por mucho tiempo imposible de saciar.

La adicción al miedo y al cansancio extremo terminó hecha monstruo: voraz, cotidiano, y por mucho tiempo imposible de saciar

⚡️🌩️ Relámpagos y misisipisSiempre que veo un relámpago, cuento “misisipis” antes de escuchar el trueno.Cuando cuentas “...
07/09/2025

⚡️🌩️ Relámpagos y misisipis

Siempre que veo un relámpago, cuento “misisipis” antes de escuchar el trueno.
Cuando cuentas “un Mississippi”, más o menos pasa un segundo. El sonido recorre 343 metros por segundo. Cada 3 misisipis equivalen a 1 kilómetro de distancia.
Por ejemplo, si cuento 3 segundos, el rayo cayó metros más o metros menos a 1 km; si cuento 6, a 2 km. ¡Así de sencillo medir con “misisipis” qué tan cerca estuvo la tormenta!

05/09/2025

🌱🌸 Loto y flor: la vida entre barro y pureza

El loto hunde sus raíces en el fango. Allí, entre oscuridad y agua turbia, toma fuerza. Y entonces ocurre el milagro: sobre la superficie emerge su flor, intacta, luminosa.
Juntos cuentan una historia de resiliencia. La planta recuerda que las raíces profundas sostienen; la flor enseña que, aunque todo alrededor sea lodo, siempre hay forma de brotar limpio y bello.
Han sobrevivido milenios. Sus semillas despiertan tras siglos dormidas, y sus hojas nunca se manchan gracias al “efecto loto”.
Es la prueba de que barro y pureza no se excluyen: se necesitan.
¿Y a ti? ¿qué raíces te sostienen para florecerte en medio de este caos?

✨ Libélulas: fósiles con alas vivasLas libélulas vuelan desde antes de que existieran los dinosaurios. Sí: llevan aquí m...
04/09/2025

✨ Libélulas: fósiles con alas vivas

Las libélulas vuelan desde antes de que existieran los dinosaurios. Sí: llevan aquí más de 300 millones de años, testigos del nacimiento de nuestro planeta verde, del crecimiento de los bosques, de la caída de meteoritos y de la evolución del mundo.
En su tiempo, hubo libélulas del tamaño de una gaviota. Hoy, aunque más pequeñas, conservan su perfección: pueden volar hacia adelante, atrás, de lado, quedarse quietas en el aire y hasta cazar en pleno vuelo. Sus alas funcionan como helicópteros naturales y su precisión es tal que atrapan a sus presas en el 95% de los intentos: son los depredadores más letales del reino animal.
Pero no todo es cacería: las libélulas también son indicadores de agua limpia. Donde vuelan, hay ríos, charcos o lagos aún vivos. Verlas es señal de ecosistemas sanos.
Su vida es breve: pasan años bajo el agua como ninfas y solo unas semanas como adultas brillando al sol. Por eso, cada libélula que cruza frente a ti es un recordatorio: la belleza puede ser fugaz, pero cuando aparece, ilumina todo.
Ya me tocó ver un par.
¿Ya viste alguna libélula este temporal de lluvias?

03/09/2025

☀️ Colores del amanecer
El cielo arde en rojos y púrpuras antes de rendirse al azul.
Cada amanecer pinta distinto, recordándonos que lo cotidiano también es arte.

🦋¡Las mariposas negras vuelan sobre Guadalajara!Estas nocturnas viajeras, llamadas Ascalapha odorata, se esconden en mue...
02/09/2025

🦋¡Las mariposas negras vuelan sobre Guadalajara!

Estas nocturnas viajeras, llamadas Ascalapha odorata, se esconden en muebles o aparecen en patios, calles y ventanas durante la temporada de lluvias. De gran tamaño (hasta 18 centímetros), su color oscuro y alas aterciopeladas las hacen inconfundibles.
Aunque la tradición popular las asocia con mala suerte o presagios de muerte, en realidad son inofensivas. No pican, no muerden y cumplen un papel ecológico: polinizan plantas y participan en el ciclo natural de los ecosistemas.
En México, su presencia nos recuerda la fuerza de los mitos, pero también la necesidad de observarlas sin miedo.
Como muchas especies nocturnas, su población se ve afectada por la contaminación lumínica y la urbanización.
Si la ves, no la mates: sácala con cuidado de tu casa y déjala seguir su vuelo.

Así nos vemos en The WireAcabo de terminar The Wire. Cinco temporadas después, un espejo roto que me dejó viendo más a G...
01/09/2025

Así nos vemos en The Wire

Acabo de terminar The Wire. Cinco temporadas después, un espejo roto que me dejó viendo más a Guadalajara que a Baltimore. Y justo hoy, leyendo un post de Agustín del Castillo sobre una de las historias principales del The Washington Pos: ”La ciudad de la Copa del Mundo donde los jóvenes están desapareciendo misteriosamente”, entendí que no es casualidad: esa historia podría firmarse en Jalisco.
The Wire muestra a los narcos que no solo venden droga, también desaparecen cuerpos para que no estorben en la estadística. Pienso en Marlo, Snoop y Chris, los arquitectos de cementerios invisibles en casas abandonadas; y en paralelo, las fosas de nuestro estado, los hornos clandestinos, los “no localizados” que en el sexenio de Alfaro desaparecieron por completo.
La serie retrata a los políticos que solo quieren mover las cifras, presumir que bajaron homicidios en el Excel aunque en la calle sigan cayendo. Y ahí está el parecido con cada rueda de prensa local: funcionarios celebrando “reducción en la incidencia” mientras colectivos siguen rastreando a sus seres queridos.
Está el capítulo del periodista que inventa víctimas y testimonios para ganar premios. Y no hace falta ir tan lejos: en los noventa, un diario tapatío tuvo un reportero que publicó historias falsas. Nada más triste que confirmar que, en la competencia por vender, la verdad se convierte en estorbo.
The Wire también habla del negocio inmobiliario. Los capos lavan dinero levantando torres, convirtiendo barrios obreros en departamentos de lujo. ¿Les suena? El paisaje de Guadalajara está plagado de torres que desalojaron a los vecinos de siempre, con el mismo sello de complicidad entre políticos, empresarios y lavadores.
La escuela aparece como semillero. Niños y adolescentes empujados al narco por falta de alternativas. El destino sellado por el código postal: si naces en cierto barrio, tu camino ya parece marcado. Profesores que luchan contra la marea, héroes solitarios en un sistema roto.
Los sindicatos y la clase trabajadora son otro escenario. El declive de los puertos en la serie refleja lo mismo que aquí la precariedad laboral: caldo de cultivo para el crimen. Trabajadores marginados del “sueño americano”, igual que obreros jaliscienses atrapados entre sueldos miserables y tentaciones turbias.
Los temas se cruzan, se enredan, se multiplican. Deshumanización: cuerpos y vidas reducidas a estadísticas o mercancía. Instituciones que protegen más su imagen que a la gente. Un sistema que se recicla a sí mismo: cambian los nombres, pero nunca el modelo.
Todo engranado en un sistema que se repite aunque cambien los nombres.
En Baltimore, en Jalisco. En la ficción, en las planas del The Washington Post.
Bien lo dijo Chely: The Wire no es una serie: es un manual
Y cada episodio, un déjà vu incómodo.

Terminé The Wire y encontré en Jalisco la misma trama: narcos, políticos, periodistas, inmobiliarias y mu***os invisibles. Lo que parece ficción es, en realidad, nuestro día a día

🦎 LagartijasLa más reciente la vi por Belenes.Pequeñas, veloces, casi invisibles. Viven entre bardas y piedras calientes...
29/08/2025

🦎 Lagartijas
La más reciente la vi por Belenes.
Pequeñas, veloces, casi invisibles. Viven entre bardas y piedras calientes.
Se alimentan de insectos y son señal de ecosistemas aún vivos.
No hacen daño. Deja que sigan corriendo.

La casa donde la justicia se hacía a golpesEra 1998 y junto con una colega de Público empezamos a seguir un rastro que o...
28/08/2025

La casa donde la justicia se hacía a golpes

Era 1998 y junto con una colega de Público empezamos a seguir un rastro que olía mal desde el inicio.
En Guadalajara muchos sabían que existía, pero nadie quería hablar de ella. Una casa común, de fachada gris, como tantas otras en la ciudad. Solo que adentro no vivía ninguna familia: ahí, policías investigadores llevaban a los detenidos para arrancarles confesiones.
No tenía rótulo, ni patrullas afuera. Era una boca de lobo disfrazada de vivienda.
Los médicos del reclusorio lo confirmaban después. “Llegan destrozados, como si los hubieran molido en un taller mecánico”, nos dijo uno. La directora del penal relató cómo tuvo que promover un amparo para no recibir a un hombre que ya no podía sostenerse en pie, pidió lo llevaran al hospital.
Esa casa no investigaba, fabricaba culpables.
La atmósfera política de Jalisco presumía cambio. Con el PAN en el poder, se prometía enterrar la vieja escuela priista de represión y corrupción. Pero en esas celdas se descubría lo contrario: la maquinaria de siempre seguía funcionando, solo con nuevos nombres.
Los Judiciales ahora se llaman Investigadores, pero mantuvieron sus casas clandestinas para arrancar confesiones. Los fiscales negaban lo evidente y funcionarios de las áreas de comunicación pedían “no exagerar” en las publicaciones.
Antes torturaban para investigar; hoy, difícilmente investigan. Hoy, la práctica recurrente es desaparecer.
Y décadas después seguimos con la misma maquinaria de siempre, operada por los ahijados de quienes estuvieron. Policías investigadores con casas clandestinas para arrancar confesiones, fiscales que niegan lo evidente y funcionarios que piden “no exagerar” la realidad.
Esa casa ya no está en pie, pero el método sigue vivo. La pregunta es si como sociedad también nos convertimos en cómplice al mirar hacia otro lado, como si las paredes de esa casa nunca hubieran escuchado nada.

Una casa común, paredes grises y olor a encierro: ahí la justicia se hacía a golpes. Del pasado a hoy, la tortura mutó en desaparición

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