28/10/2025
En 1928, un joven de 26 años viajaba en tren de regreso a Kansas, derrotado pero no vencido.
Había sido despedido del Kansas City Star por “falta de imaginación” y había quebrado con su primera empresa de animación. Pero mientras el tren avanzaba, su mente no descansaba.
Tomó su cuaderno y dibujó un ratón. Un ratón con alma.
Aquel dibujo, garabateado en un vagón cualquiera, cambiaría el curso de la historia.
Lo llamó Mortimer, aunque su esposa le sugirió un nombre más amable: Mickey.
Con ese boceto, Walter Elias Disney desafió la lógica, los bancos y el escepticismo.
Pidió préstamos, recibió más de trescientas negativas, y cuando por fin consiguió apoyo, los estudios de Hollywood le dijeron que su idea no funcionaría.
Un ratón, decían, jamás haría reír a nadie.
Pero Disney creía en la magia de la perseverancia.
En 1937, tras años de burlas y deudas, presentó su primera gran película: Blancanieves y los siete enanitos.
Fue el primer largometraje animado de la historia, un éxito que cambió el cine para siempre.
Con el tiempo, aquel joven que una vez fue rechazado construiría castillos, parques, personajes y sueños que trascendieron generaciones.
Ganó 22 premios Óscar y más de 900 galardones, pero su mayor logro fue convertir la imaginación en un lenguaje universal.
Walt Disney solía decir:
> “Todas las adversidades, los problemas y los obstáculos que he enfrentado me han hecho más fuerte.”
“Puede que no te des cuenta cuando sucede, pero una patada en los dientes puede ser lo mejor que te pase en la vida.”
Porque a veces, los sueños más grandes comienzan con un simple trazo.
Y un ratón que no conocía el miedo.