15/08/2025
La Palabra de Dios nos confronta con verdades esenciales sobre la vida cristiana, verdades que a veces nos resultan difíciles de asimilar en nuestra cotidianidad, pero que son el corazón mismo del mensaje de Jesús. Nos habla de dos pilares fundamentales: el perdón ilimitado y la destructividad radical del odio.
Jesús, ante la pregunta de Pedro sobre cuántas veces debemos perdonar, nos da una respuesta que nos saca de nuestra lógica humana, de nuestros cálculos y de nuestras cuentas pendientes: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete".
¿Qué significa esto? No es una fórmula matemática, no es que debamos contar los perdones. Es una invitación a vivir en un estado de perdón constante. Imaginen un ciclo que se repite sin fin. Jesús nos está mostrando que el perdón no tiene límites, no es una moneda de cambio, no es algo que se otorga solo cuando el otro lo merece o nos pide disculpas de una manera que nos satisfaga.
El perdón es un acto de libertad. Cuando nos aferramos al rencor, a la ofensa, a la herida, nos convertimos en prisioneros de nuestro propio dolor. Nos atamos a la persona que nos hizo daño, permitiendo que siga teniendo poder sobre nosotros, incluso cuando esa persona ya no está presente o ha olvidado el agravio. Perdonar, en cambio, es romper esas cadenas. Es un acto de valentía que nos libera a nosotros mismos.
El perdón evangélico no significa olvidar la ofensa, ni justificarla, ni decir que no pasó nada. Significa elegir no permitir que esa ofensa siga determinando nuestra paz interior y nuestra relación con Dios y con los demás. Es un acto de amor radical, que busca la sanación, no la venganza. Es reflejar el perdón que Dios mismo nos da a través de Cristo, un perdón que es inmenso y constante.
La segunda parte de esta profunda reflexión nos llega desde el apóstol Juan: "Todo el que odia a su hermano es un homicida". ¡Qué afirmación tan fuerte! A primera vista, podemos pensar: "Pero yo nunca he matado a nadie". Y es cierto, quizás no hemos empuñado un arma. Pero Juan nos está invitando a mirar más allá de la acción física y a entender la esencia destructiva del odio.
El odio, en su raíz, es un deseo de aniquilación. Cuando odiamos a alguien, deseamos su mal, su fracaso, su sufrimiento. Deseamos que esa persona deje de existir en nuestra vida, o incluso, en su peor manifestación, deseamos su destrucción total. Este deseo, aunque no se materialice en un acto físico, ya está matando algo vital: la caridad, la fraternidad, la imagen de Dios en el otro, y, lo más grave, está matando nuestra propia capacidad de amar, nuestra propia humanidad.
El odio carcome el alma. Nos enferma por dentro, nos vuelve amargos, nos ciega a la bondad. Nos transforma en personas que, aunque no empuñemos un arma, estamos cultivando un terreno fértil para la violencia, para la división, para la exclusión. El odio es un homicidio espiritual, porque mata la vida que Dios quiere que florezca en nosotros y a través de nosotros.
Estas dos verdades están íntimamente conectadas. ¿Cómo podemos perdonar setenta veces siete si estamos atrapados en las garras del odio? El odio es lo opuesto al perdón. El odio nos cierra, el perdón nos abre. El odio destruye, el perdón construye.
La vida cristiana nos llama a un camino de transformación. Nos pide que despojemos el viejo hombre, el hombre del rencor y del odio, y nos vistamos del nuevo hombre, el hombre de la misericordia, del perdón y del amor.